
Esta región mexicana, de límites vagos e imprecisos y de una geografía tan obsesiva que adquiere rasgos de pesadilla, nutre habitantes huraños y lacónicos que se expresan en un lenguaje que, paradójicamente, tiende más bien al silencio que a la palabra: “la gente allí no habla de nada” dice Rulfo; pero el autor ha decantado en esta aparentemente primitiva o casi nula forma de expresión popular un eficaz idioma literario en el cual se relatan historias vivas, más allá de los monólogos descarnados de quien no espera ser escuchado, o del que sabe de antemano que está condenado a repetir –como una suerte de maldición– siempre los mismos hechos ante la misma indiferencia.
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